Últimamente sólo hay días en que las palmadas se me van a destiempo, se me cruza un pie por delante y sin querer me llevo a todos enredados cuando corro bicicleta. Espero que no pase lo mismo con mi intento de escribirte versos:
Me acuerdo como la poca luz que había aquel día en tu habitación delineaba el pequeño recuerdo, la memoria, el destello, del más voraz injerto de los pasados meses de mi vida
Ese sutil y cariñoso recordatorio del despilfarro que acababa de ocurrir.
Cuando me preguntaste dónde estaba,
por fin te pude contestar “no aquí”
Pero es inevitable, te cuento,
que al escuchar ciertas melodías, aparezcas tú.
Es como si las pecas que no tienes, decidieran expatriarse y esparcirse por estos lares, para no poder vagar y no encontrarte. Encontrarte, sí. Dentro de los lugares donde, desafortunadamente, sé que ya no estás.
Como si tus intentos fútiles a grandes imperfecciones, sólo se mofaran del hecho que mi vida es casi un carnaval en honor al talón de Aquiles.
Por cada desentono de tu guitarra, la energía en que fluctuamos se hiere y estalla.
Ahora,
Ahora todo lo que veo es un anaranjado y azul generoso, como una nube que además de su hospedaje, me brinda un cariño refrescante. Decidí aquel día invitarte, y gritarte desde el otro extremo del bosque que te olvidaras de los minotauros y me acompañaras. Naturalmente, asentiste. Esa agarrada de manos dio comienzo al un desencadenar de eventos, dónde verdaderamente comienza mi cuento.
Tan pronto cediste y yo saqué la víscera necesaria para darte un beso, dimos el primer salto. Estuvimos cayendo por horas y con nosotros, cayó todo. La unión soviética, la muralla de Berlín, la muralla china y la muralla ridícula entre México y Norte América. Se cayó toda la ropa que mi mamá almacenaba en el cuarto, y toda la furia que esto le causaba a mi padre. Se cayó el equivalente de todo el bendito té que te hacía en las mañanas. En fin, se cayó todo, hasta la cuantía de este recuento.
Pero ya, después de que al fin llegamos, te conté mi teoría de cómo resolver lo que ocurría en nuestro país aquel verano, antes del ascenso que nos llevó a la caída. Favorablemente, cayó también una mesa, dos sillas, café para dos, y la opción de miel o azúcar morena. Recuerdo que estábamos en un techo, más bien una azotea, donde nos rodeaban saludables plantas y losetas rojizas, como las de casa de Tía. Aquí me expusiste la posibilidad de abolir la concepción de tiempo, con tan sólo sincronizar nuestras frecuencias vibratorias.
Te confieso que por tu tono de voz tan relajado y segurísimo de todo lo que decías como una gran verdad, a veces olvidaba la contundencia de lo que contabas. Hasta que acababas, y yo comedía.
Cuestión es que, brinqué mentalmente todo tu manifiesto, y súbitamente te intercambiaste con un objeto de luz. Era eso mismo, un rebulú de partículas relucientes que me arropaban y me convirtieron en lo que soy ahora: el motivo de esta carta.
Ahora sólo convivo con estas partículas y me varié a ser una de ellas. No está tan mal esto, cariño. Espero que este correo te haya hecho recordar un poco. Pero si no deseas nada de esto, y lo único que hiciste fue brincar del primer al último párrafo para escatimarte complicaciones, pues buen.
Archívalo y nómbralo “Épica de ti”. Almacénanos a lado de tus libros de ciencia ficción.
A.
Tragicomedia
Thursday, August 26
Las promesas
Nunca pensé que llegara el día en que una acuariana pidiera compromiso.
Dime que te quedarás, hasta cuando yo me vaya por ninguna razón. Entrégame en las manos la certeza de que serás paciente, y que verás mis despilfarros como lo que son (no como lo que aparentan). Cuéntame con los dedos las razones porque no me entiendes, pero me quieres. Dime una y otra vez que valgo la pena, aunque odio la repetición. Combate las depresiones que me dan cuando llueve, y arrímate del hecho de que estaré bien en la mañana. Perdóname por mi inconstancia, mi sarcasmo y mi distancia. Acompáñame en la cotidianidad, aunque me aturda la rutina.
Te quiero a la hora de cada café; te quiero en el momento de prender cada cigarrillo. Te quiero en cada mañana en que me queje de los malditos cigarrillos y la puta cafeína. Te quiero cada vez que hierva el té de jengibre mezclado con codeína.
En cambio te prometo entender tus murallas y tu inercia. Trataré de nunca dejar que te acuestes molesta. Traduciré mi ambigüedad, y te pondré todo lo que siento sobre la mesa.Te prometo despertar a tu lado después de cada pos-guerra.
Te invito a veas cada una de mis pecas de cerca, y las veas como imperfección y belleza.
Dime que te quedarás, hasta cuando yo me vaya por ninguna razón. Entrégame en las manos la certeza de que serás paciente, y que verás mis despilfarros como lo que son (no como lo que aparentan). Cuéntame con los dedos las razones porque no me entiendes, pero me quieres. Dime una y otra vez que valgo la pena, aunque odio la repetición. Combate las depresiones que me dan cuando llueve, y arrímate del hecho de que estaré bien en la mañana. Perdóname por mi inconstancia, mi sarcasmo y mi distancia. Acompáñame en la cotidianidad, aunque me aturda la rutina.
Te quiero a la hora de cada café; te quiero en el momento de prender cada cigarrillo. Te quiero en cada mañana en que me queje de los malditos cigarrillos y la puta cafeína. Te quiero cada vez que hierva el té de jengibre mezclado con codeína.
En cambio te prometo entender tus murallas y tu inercia. Trataré de nunca dejar que te acuestes molesta. Traduciré mi ambigüedad, y te pondré todo lo que siento sobre la mesa.Te prometo despertar a tu lado después de cada pos-guerra.
Te invito a veas cada una de mis pecas de cerca, y las veas como imperfección y belleza.
Las razones porqué no
Te escribo porque estás lejos, y viendo que estamos a plena madrugada del día de la revolución, los asuntos microcósmicos del ti dentro de mí carecen de luz que los alumbre, pero no de honestidad. Pero bien, algo hay que hacer para alimentar mis desvelos.
Sabía perfectamente que no era el momento, y por si alguna vez me cabía la duda, tú cariñosamente me lo acordaba. Con los tonos más dulces y dóciles y la mirada más afectiva me decías todo sin hablar; Enumerabas las razones porqué no.
No sé cuan buena actriz fui en ese momento, pero me jugué el papelón de mi vida tragándome los discursos que te quería dar yo a ti, mientras me leías los tuyos. Todas las palabras se almacenaron en la garganta y crearon permanente residencia hasta que las decidí soltar aquí. Aunque confieso, espero que hayas podido leer cada una de las más ridículas declaraciones que hacían carrera por mi frente cada vez que asentías que tal y tal canción era perfecta.
Nunca dejaste ir más que un casual abrazo y algún beso escapao’ en mi cachete.
Cada una de tus acciones o, in-acciones servían su propósito (y yo el mío de ignorarles). Sí, las razones por las cuales NO me debería haber dado ese café contigo se sentaron aquella tarde en la mesa a reírse de nosotros. Las razones por las cuales no te debería haber acompañado aquél día se sentaron en la parte de atrás de tu carro. Cada una de esas razones se interpoló en todas las canciones que te escribí (las que quizás nunca escuchaste con detenimiento).
Para añadir a esta sátira, sucede que sé perfectamente porqué hiciste.. perdón, porque no hiciste nada. Y el espacio que hay ahora entre nuestro existir esta repleto de yonoséqué,
porque cada una de esas pérfidas razones alimenta mi inercia y tu distancia; mi despilfarro y la tapa de tu jarrón; lo “inoportuna” que parezco, y las ganas de querer de los dos.
Irónicamente, lo único que soluciona toda esta dualidad.. es el tiempo.
Impacientemente,
A,
Sabía perfectamente que no era el momento, y por si alguna vez me cabía la duda, tú cariñosamente me lo acordaba. Con los tonos más dulces y dóciles y la mirada más afectiva me decías todo sin hablar; Enumerabas las razones porqué no.
No sé cuan buena actriz fui en ese momento, pero me jugué el papelón de mi vida tragándome los discursos que te quería dar yo a ti, mientras me leías los tuyos. Todas las palabras se almacenaron en la garganta y crearon permanente residencia hasta que las decidí soltar aquí. Aunque confieso, espero que hayas podido leer cada una de las más ridículas declaraciones que hacían carrera por mi frente cada vez que asentías que tal y tal canción era perfecta.
Nunca dejaste ir más que un casual abrazo y algún beso escapao’ en mi cachete.
Cada una de tus acciones o, in-acciones servían su propósito (y yo el mío de ignorarles). Sí, las razones por las cuales NO me debería haber dado ese café contigo se sentaron aquella tarde en la mesa a reírse de nosotros. Las razones por las cuales no te debería haber acompañado aquél día se sentaron en la parte de atrás de tu carro. Cada una de esas razones se interpoló en todas las canciones que te escribí (las que quizás nunca escuchaste con detenimiento).
Para añadir a esta sátira, sucede que sé perfectamente porqué hiciste.. perdón, porque no hiciste nada. Y el espacio que hay ahora entre nuestro existir esta repleto de yonoséqué,
porque cada una de esas pérfidas razones alimenta mi inercia y tu distancia; mi despilfarro y la tapa de tu jarrón; lo “inoportuna” que parezco, y las ganas de querer de los dos.
Irónicamente, lo único que soluciona toda esta dualidad.. es el tiempo.
Impacientemente,
A,
La contestación a tu carta
no soy del tipo de conceptualizar,
con números, cifras, y cajas, pero me hacen falta manos para contar las razones por las cuales el corazón y la cabeza desvanecen hasta los recuerdos más lindos.
suelo pensar que el proceso de olvidarte, de olvidarnos, y hasta en cierto modo olvidarme, fue justo y necesario. cogí mis recuerdos y vivencias, como tú bien dices, y comencé mi trabajo de mesa:
sobre esa madera desplazé los millares de segundos que compartimos, y entre palpitaciones aceleradas fui tomando los recuerdos entre mis dedos.
reconociéndolos y escudriñandolos.
preguntándome porque coños decidí sacarlos todos de su gabeta un martes en la noche. quizás fue demasiado vino para un martes. ese martes, escogí qué recordar y construí un pasado idílico y carente de los encontronazos y cicatrices.
yo, que nunca cicatricé bien.
construí ahora nuestro pasado de papel y tijeras, escogiendo quedarme sólo con las quimeras.
al principio fue dificil ver el pasado tan lejano y distorcionado. me ha causado hasta vertigo el no poder diferenciar entre lo ocurrido y lo soñado, puesto que las mañanas se conviertieron en noches, y que en algún punto pararon de haber noches. pero paulatinamente me resigné.
me resigné al que somos otros, y ¡gracias a dios!
sólo siendo otros, querido, podremos volver a encontrarnos, y conocernos, y el algún rincón utópico, querernos.
por esto, cuando me pides que te acuerde de quienes fuimos
y que yo misma me recuerde,
te tengo que decir que no.
algún día nos encontraremos para un café, en el lugar de siempre.
con números, cifras, y cajas, pero me hacen falta manos para contar las razones por las cuales el corazón y la cabeza desvanecen hasta los recuerdos más lindos.
suelo pensar que el proceso de olvidarte, de olvidarnos, y hasta en cierto modo olvidarme, fue justo y necesario. cogí mis recuerdos y vivencias, como tú bien dices, y comencé mi trabajo de mesa:
sobre esa madera desplazé los millares de segundos que compartimos, y entre palpitaciones aceleradas fui tomando los recuerdos entre mis dedos.
reconociéndolos y escudriñandolos.
preguntándome porque coños decidí sacarlos todos de su gabeta un martes en la noche. quizás fue demasiado vino para un martes. ese martes, escogí qué recordar y construí un pasado idílico y carente de los encontronazos y cicatrices.
yo, que nunca cicatricé bien.
construí ahora nuestro pasado de papel y tijeras, escogiendo quedarme sólo con las quimeras.
al principio fue dificil ver el pasado tan lejano y distorcionado. me ha causado hasta vertigo el no poder diferenciar entre lo ocurrido y lo soñado, puesto que las mañanas se conviertieron en noches, y que en algún punto pararon de haber noches. pero paulatinamente me resigné.
me resigné al que somos otros, y ¡gracias a dios!
sólo siendo otros, querido, podremos volver a encontrarnos, y conocernos, y el algún rincón utópico, querernos.
por esto, cuando me pides que te acuerde de quienes fuimos
y que yo misma me recuerde,
te tengo que decir que no.
algún día nos encontraremos para un café, en el lugar de siempre.
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