Te escribo porque estás lejos, y viendo que estamos a plena madrugada del día de la revolución, los asuntos microcósmicos del ti dentro de mí carecen de luz que los alumbre, pero no de honestidad. Pero bien, algo hay que hacer para alimentar mis desvelos.
Sabía perfectamente que no era el momento, y por si alguna vez me cabía la duda, tú cariñosamente me lo acordaba. Con los tonos más dulces y dóciles y la mirada más afectiva me decías todo sin hablar; Enumerabas las razones porqué no.
No sé cuan buena actriz fui en ese momento, pero me jugué el papelón de mi vida tragándome los discursos que te quería dar yo a ti, mientras me leías los tuyos. Todas las palabras se almacenaron en la garganta y crearon permanente residencia hasta que las decidí soltar aquí. Aunque confieso, espero que hayas podido leer cada una de las más ridículas declaraciones que hacían carrera por mi frente cada vez que asentías que tal y tal canción era perfecta.
Nunca dejaste ir más que un casual abrazo y algún beso escapao’ en mi cachete.
Cada una de tus acciones o, in-acciones servían su propósito (y yo el mío de ignorarles). Sí, las razones por las cuales NO me debería haber dado ese café contigo se sentaron aquella tarde en la mesa a reírse de nosotros. Las razones por las cuales no te debería haber acompañado aquél día se sentaron en la parte de atrás de tu carro. Cada una de esas razones se interpoló en todas las canciones que te escribí (las que quizás nunca escuchaste con detenimiento).
Para añadir a esta sátira, sucede que sé perfectamente porqué hiciste.. perdón, porque no hiciste nada. Y el espacio que hay ahora entre nuestro existir esta repleto de yonoséqué,
porque cada una de esas pérfidas razones alimenta mi inercia y tu distancia; mi despilfarro y la tapa de tu jarrón; lo “inoportuna” que parezco, y las ganas de querer de los dos.
Irónicamente, lo único que soluciona toda esta dualidad.. es el tiempo.
Impacientemente,
A,
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