Thursday, August 26

Mi carta a los perdidos,

Últimamente sólo hay días en que las palmadas se me van a destiempo, se me cruza un pie por delante y sin querer me llevo a todos enredados cuando corro bicicleta. Espero que no pase lo mismo con mi intento de escribirte versos:

Me acuerdo como la poca luz que había aquel día en tu habitación delineaba el pequeño recuerdo, la memoria, el destello, del más voraz injerto de los pasados meses de mi vida
Ese sutil y cariñoso recordatorio del despilfarro que acababa de ocurrir.

Cuando me preguntaste dónde estaba,
por fin te pude contestar “no aquí”
Pero es inevitable, te cuento,
que al escuchar ciertas melodías, aparezcas tú.

Es como si las pecas que no tienes, decidieran expatriarse y esparcirse por estos lares, para no poder vagar y no encontrarte. Encontrarte, sí. Dentro de los lugares donde, desafortunadamente, sé que ya no estás.
Como si tus intentos fútiles a grandes imperfecciones, sólo se mofaran del hecho que mi vida es casi un carnaval en honor al talón de Aquiles.

Por cada desentono de tu guitarra, la energía en que fluctuamos se hiere y estalla.
Ahora,

Ahora todo lo que veo es un anaranjado y azul generoso, como una nube que además de su hospedaje, me brinda un cariño refrescante. Decidí aquel día invitarte, y gritarte desde el otro extremo del bosque que te olvidaras de los minotauros y me acompañaras. Naturalmente, asentiste. Esa agarrada de manos dio comienzo al un desencadenar de eventos, dónde verdaderamente comienza mi cuento.

Tan pronto cediste y yo saqué la víscera necesaria para darte un beso, dimos el primer salto. Estuvimos cayendo por horas y con nosotros, cayó todo. La unión soviética, la muralla de Berlín, la muralla china y la muralla ridícula entre México y Norte América. Se cayó toda la ropa que mi mamá almacenaba en el cuarto, y toda la furia que esto le causaba a mi padre. Se cayó el equivalente de todo el bendito té que te hacía en las mañanas. En fin, se cayó todo, hasta la cuantía de este recuento.
Pero ya, después de que al fin llegamos, te conté mi teoría de cómo resolver lo que ocurría en nuestro país aquel verano, antes del ascenso que nos llevó a la caída. Favorablemente, cayó también una mesa, dos sillas, café para dos, y la opción de miel o azúcar morena. Recuerdo que estábamos en un techo, más bien una azotea, donde nos rodeaban saludables plantas y losetas rojizas, como las de casa de Tía. Aquí me expusiste la posibilidad de abolir la concepción de tiempo, con tan sólo sincronizar nuestras frecuencias vibratorias.

Te confieso que por tu tono de voz tan relajado y segurísimo de todo lo que decías como una gran verdad, a veces olvidaba la contundencia de lo que contabas. Hasta que acababas, y yo comedía.
Cuestión es que, brinqué mentalmente todo tu manifiesto, y súbitamente te intercambiaste con un objeto de luz. Era eso mismo, un rebulú de partículas relucientes que me arropaban y me convirtieron en lo que soy ahora: el motivo de esta carta.

Ahora sólo convivo con estas partículas y me varié a ser una de ellas. No está tan mal esto, cariño. Espero que este correo te haya hecho recordar un poco. Pero si no deseas nada de esto, y lo único que hiciste fue brincar del primer al último párrafo para escatimarte complicaciones, pues buen.

Archívalo y nómbralo “Épica de ti”. Almacénanos a lado de tus libros de ciencia ficción.

A.

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